Aljarafe: La Sevilla norteamericana
Cárlos Marmol - diariodesevilla 23/10/2005
El Aljarafe ha crecido durante los últimos diez años como una gran mancha de aceite. Pero paradójicamente lo ha hecho siempre a costa de históricas superficies de olivar. Un proceso que se aceleró en la última década y que ha provocado la mutación casi íntegra del paisaje idílico que daba nombre a toda la comarca, que funcionó en la antigüedad como el granero de la ciudad hispalense. La realidad actual es harto diferente. Sin lírica: una inmensa sucesión de lo que los norteamericanos llaman suburbios –en inglés, sin matiz peyorativo– y urbanizaciones insulares, unidas por carreteras, rotondas y autovías. Un universo artificial de complejos comerciales en el que para comprar el pan hay que usar el coche.
La zona, muy atomizada desde el punto de vista político y legal, y donde la expansión inmobiliaria se ha desarrollado a lo largo de estos años sin un marco urbanístico global, y con escasísima atención a la más mínima política de equipamientos y dotaciones públicas, lo que da lugar a diario a situaciones de colapso en materia de infraestructuras y servicios energéticos, tiene dos grandes ámbitos: la llamada primera corona (la más cercana a Sevilla), que vendría a ser un círculo imperfecto cuyos límites son –de norte a sur– La Rinconada, Coria, Dos Hermanas y Alcalá de Guadaíra; y un segundo anillo de expansión cuyas fronteras oficiales son Cantillana, Sanlúcar la Mayor, Los Palacios y Utrera.
Este primer círculo, donde el proceso de desarrollo inmobiliario se inició ya en los años ochenta del pasado siglo, ocupa el 24 por ciento de todo el territorio metropolitano. Un total de 1.252 kilómetros cuadrados. En él, según datos de las administraciones públicas, el porcentaje de suelo urbanizado está cerca de superar el 20 por ciento del total, una cifra más que considerable si se tiene en cuenta, por ejemplo, que en la capital andaluza el 49 por ciento de su término municipal es de uso urbano.
La primera corona metropolitana todavía no ha llegado a este extremo pero va camino de la colmatación integral –algo que ya se ha dado en algunos municipios muy concretos, como San Juan de Aznalfarache–. Un proceso imparable del que da buena prueba el continuo de urbanizaciones que se suceden sin separación entre unas localidades y otras. Las fronteras jurídicas y municipales han sido rebasadas por el potente desarrollo inmobiliario. Los efectos sobre el paisaje natural son además intensísimos. El pasado rural es ya casi un recuerdo en el primer anillo metropolitano. En el segundo aún pervive, pero todos los elementos puestos sobre la mesa auguran que su vida será muy breve.
La Junta de Andalucía, de hecho, da por perdida toda la primera corona del Aljarafe. Tras décadas sin aprobar un marco urbanístico acordado con los ayuntamientos, lo que hubiera permitido que la expansión urbana del Aljarafe hubiese sido equilibrada, la Administración regional, a quien por ley compete la ordenación del territorio, da ahora por cierto la evidencia: los problemas de la primera corona metropolitana son ya imposibles de solucionar. Ni hay suelo libre para abordar ciertas operaciones de equipamiento urbano ni, al parecer, existe una voluntad política que vaya más allá de encargar nuevos estudios sectoriales que actualicen unos diagnósticos que, en sus elementos esenciales al menos, son conocidos desde los años noventa. Una espiral bastante absurda: estudiar sin fin un área metropolitana que no deja de crecer cada día que pasa y que, por tanto, cada vez necesita más estudios. Este proceso puede prolongarse hasta el infinito sin que nunca se tomen medidas de control urbanístico.
La Junta tiene auténtico pavor a tomar una decisión: no sólo por los conflictos con los ayuntamientos afectados, la mayoría de ellos gobernados con el PSOE, sino por las consecuencias derivadas de poner algún tipo de freno al extraordinario auge de la construcción: ingresos municipales, derivaciones financieras, influencia en la economía regional y empleo, entre otras cuestiones. Lo más fácil, dadas las cosas, es insistir en un discurso sobre el transporte público cuyos resultados no obligan a corto plazo.
El caso es que, mientras tanto, la mancha de aceite sigue ganando terreno al paisaje rural. Transmutando en metrópolis difusa lo que antes era una Sevilla rústica y amable. El curso de los tiempos posiblemente sea éste. Pero lo que no se entiende es que la Junta de Andalucía no preste atención jurídica efectiva a un territorio que concentra al 18 por ciento de la población de Andalucía. Sólo en la primera corona metropolitana de Sevilla, según datos del censo de 2001 –el último realizado– existen 409.298 habitantes de derecho. No entran en este cómputo los vecinos de hecho que, a veces durante años, mantienen su residencia oficial en otras localidades pero habitan a diario en la Gran Sevilla.
En diez años la población de la primera corona metropolitana ha aumentado en más de 80.000 personas. Todo con promociones inmobiliarias. Lo demás apenas se ha movido: las vías de circulación son las mismas –los atascos se han hecho frecuentes–, sigue sin haber una red de transporte público eficaz –la línea 1 del Metro muere en Mairena del Aljarafe; sus proyectos de extensión están sin presupuesto; los autobuses del Consorcio de Transporte circulan por la mismas vías que los vehículos particulares– y los equipamientos públicos se quedan pequeños para atender a la población recién llegada cada vez antes. Incluso las empresas de suministros advierten que, con las nuevas viviendas previstas, por ejemplo en Almensilla, es imposible garantizar un abastecimiento sin problemas.
En la segunda corona este proceso empieza ya a cobrar fuerza. En diez años su población se incrementó en 21.000 personas. La tendencia es clara: hay más territorio virgen y barato para la construcción (este segundo anillo ocupa 3.672 kilómetros cuadrados, el 72 por ciento de toda el área metropolitana) y existe margen más que suficiente para impulsar una nueva colonización urbanística al calor de la futura SE-40. El suelo urbanizado apenas ronda aún el 2,5 por ciento. Una cifra todavía baja pero en progresivo aumento dada la falta de un marco urbanístico global. La Junta incluso contradice su Plan de Ordenación de Territorio con su pasividad, una normativa a la que por voluntad propia está obligada. Este periódico ha elegido diez municipios para explicar este fenómeno. Están gobernados por políticos diferentes. Una muestra de que la urbanización del Aljarafe no depende de la ideología, sino de su condición de escenario privilegiado para los negocios inmobiliarios.
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